domingo, 8 de abril de 2012

Periodismo, “Crónica de una muerte anunciada”

Que el periodismo es una de las profesiones más afectadas por la crisis económica no es necesario ponerlo de relevancia, es algo que se intuye en los grandes medios y se constata en los pequeños. En diciembre de 2011 la Asociación de la Prensa de Madrid dio un dato alarmante, entre 2008 y 2011 unos 3.000 trabajadores se habían visto afectados en su circunscripción por este motivo[i]. Pero esta decadencia no es solo fruto de la coyuntura económica actual, viene de lejos y, paradójicamente, los profesionales hemos hablado de todo menos de ello. 

Debe de ser que los periodistas no tenemos término medio. Tan pronto creemos que somos el centro del universo del saber y los guerreros de la libertad de expresión y búsqueda de la verdad, como que ignoramos algo que está en el epicentro de nuestra razón de ser y existir. Las pésimas condiciones laborales a las que desde hace muchos años nos vemos sometidos eran de por sí una importante noticia que nadie contaba, hasta ahora. El relato ha comenzado cuando se han producido despidos masivos por la quiebra de las empresas que sustentaban los medios de comunicación, supongo que teníamos asumido que este oficio conllevaba estar mal pagado.

Recuerdo que cuando acabé la carrera, allá por el 2004, los compañeros sabíamos que encontrar trabajo de aquello que habíamos estudiado era realmente complicado. Éramos conscientes de que poder realizar nuestra vocación, y que nos pagaran por ello, ya era un logro y nos dábamos por satisfechos. Comprendíamos que jornadas interminables, plena disposición horaria y diaria en pos de la noticia, y salarios bajísimos, eran poco menos que una necesidad, pues salíamos tantos estudiantes de la facultad que ya nos sentíamos afortunados por poder trabajar. Entonces era común la frase: “Si no lo acepto yo, lo hará otro y perderé el puesto, así que a tragar”.

Sin embargo, ni siquiera ese esfuerzo ha sido suficiente para evitar la “Crónica de una muerte anunciada”.  Ignacio Ramonet en el 2005[ii] anticipaba la crítica situación que estaban atravesando los medios escritos en Europa y EEUU, con el cierre de diferentes cabeceras y el aumento del desempleo en el sector. Apuntaba como motivos la aparición de los diarios gratuitos, que incrementaron notablemente su difusión y, por consiguiente, se llevaban la publicidad, es decir, el dinero. También señalaba entonces el “peligro” de internet como un medio en auge, una premonición que ya es una realidad fehaciente.  Especial mención hacía a los blogs, que se han hecho un hueco porque mezclan, a su juicio, información y opinión de una manera muy personal y poco rigurosa, aún así son un punto de vista preferido por el lector frente a la también subjetiva visión de los grandes medios que intentan taparla con una hipócrita imparcialidad. Ramonet ahonda precisamente en este último factor, la connivencia de los medios de comunicación con el poder político y el económico. Y es que, al fin y al cabo, son empresas.

Los análisis sobre la situación casi siempre han puesto el foco en el medio, pero se olvidan de que los periodistas no son superhéroes ni máquinas, sino personas, trabajadores que sufren las malas gestiones y las ambiciones empresariales traducidas en pésimas condiciones laborales que acaban en EREs[iii] (Expedientes de Regulación de Empleo) o situaciones tan anacrónicas como la obligación de trabajar sin cobrar. Me encantaría ver más solidaridad de los grandes periodistas, las estrellas mediáticas, hacia los “curritos” sin cuyo trabajo abnegado sería muy difícil que realizaran el suyo.  Algún día tendremos que contar, y denunciar, nuestra propia historia. Sería, quizás, la única ocasión en la que estaría justificado mirarnos el ombligo, en lugar de hacerlo a diario para demostrar en las miles de tertulias que plagan los espacios televisivos y radiofónicos que somos poseedores de la verdad absoluta, defensores de partidos políticos con más abnegación que los propios militantes.