Hace tiempo que no escribo, la verdad es que desde la última
vez que colgué un post en el blog han pasado muchas cosas en mi vida. Si mantuviera los mismos resortes mentales que
hace dos años os diría que lo más importante ha sido encontrar trabajo después
de andar por la travesía del desierto del desempleo durante 24 meses. Pero esta
experiencia es la que ha cambiado de manera radical la forma en la que me
enfrento a la vida, a los problemas, a las relaciones interpersonales, a los
conflictos, e incluso a las alegrías.
He pasado mucho tiempo pidiendo, a quien me quisiera
escuchar, una oportunidad para demostrar que sé hacer bien mi trabajo, que tengo
formación suficiente, que me gusta mi profesión, que me preocupo por
desempeñarla cada día mejor… por todo ello es precisamente por lo que no nos
vamos a quejar ahora de lo mal que está el ámbito laboral, se trabaja muy poco
y se cobra mucho, ¿o era al revés?.
He sacado tantas conclusiones desde que pasé a ser una más
de la cola del paro que probablemente aburriría al respetable si disertara
sobre todas ellas. Al igual que ocurre con la economía y sus crisis, la vida
también está compuesta por ciclos. Hay compañeros que antaño trabajaban y ahora
se han visto obligados a dejar de hacerlo, leo con pesar su desesperación en las
redes sociales, la misma que tuve yo en su momento. Si sirviera de algo mi
experiencia, que no mi consejo, aquí va parte de ella a modo de reflexiones.
En primer lugar, he aprendido a decir sin ruborizarme que el
esfuerzo está sobrevalorado. Desde que éramos pequeños nos han inculcado tanto
en casa como en el colegio el concepto cristiano del sacrificio, la idea
liberal de que las cosas son para el que se las trabaja, los privilegios son
para quienes los merecen. Por eso cuando no conseguimos lo que nos proponemos,
e incluso perdemos lo que tenemos, nos culpamos a nosotros mismos sin analizar nada
de lo que nos rodea. Pero llega la vida real y su bofetada es tan fuerte que
tumba de un plumazo los cimientos de ese edificio en el que nos habíamos
convertido cuando llegamos a la edad adulta. De repente todo son grietas, dudas
e incluso reproches.
El esfuerzo que se pone en un trabajo no es garantía de
permanencia en el mismo, ni siquiera de ascenso o mejora. En estos tiempos la
carrera profesional, hablando en términos generales, ya no es ascendente, a
veces uno debe ser consciente de que la suerte es seguir, aunque sea en el
mismo lugar. La crisis y todas sus
consecuencias están haciendo que las generaciones presentes estemos viviendo
con iguales o mayores dificultades que quienes nos precedieron hace treinta o
cuarenta años. ¡Quién nos lo iba a decir!.
En todo este tiempo me he dado cuenta de que el esfuerzo no
es garantía de éxito, pero sí permite aprender y estar preparado para cuando
llegue ese momento justo en el que tú también estás en el lugar adecuado, una
conjunción de factores a la que muchas veces llamamos suerte.
No nos engañemos, ni mucho menos padezcamos, pensando que
nuestro futuro laboral depende mayoritariamente de nuestra actitud, tesón,
transigencia con las órdenes de los superiores o tolerancia con las opiniones
de los compañeros. Hay tantas circunstancias que influyen en la marcha de una
empresa que hacer predicciones sobre cómo nos irá en ella se convierte en una
tarea casi imposible si nos centramos solo en las cuestiones profesionales.
Pero si nos dedicamos a cultivar las relaciones personales y los “peloterismos”
varios… ahí quizás ya no sea tan complicado adivinar el futuro.
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